Recuerdo ese día en el que volvimos a caer como tontos en la
misma trampa. La misma que hacía unos meses nos había torturado hasta desangrar
nuestros sentimientos, nuestra lógica y nuestra dignidad.
Pero ahí estábamos. Yo sin esperarme nada, pero de alguna
manera algo diciendome que aparecerías ahí con el coche, de imprevisto, como tu
solo sabes hacer, anticipando mis movimientos, mis pensamientos…me conoces
demasiado bien.
Y luego en esa playa. Yo
feliz, como hacía tiempo que no me sentía, viendo como me mirabas salir
del agua desde la arena, con media sonrisa, con tu media sonrisa. Y luego
reírnos de cosas banales, y hablar del tiempo, y comentarme que te gusta mi
bañador y quitarte un poco de arena de la mejilla, y otra mirada cómplice más…
Y subir en tu coche como si nada antes hubiera pasado. Que
colocase los pies en el salpicadero de forma natural, como si no hubiese pasado
casi un año desde la ultima vez que hice ese gesto. Y mirar por la ventanilla
como brilla el mar mientras escucho como me explicas detalles de la canción que
estamos escuchando. Y sonreír, sí, sonreír, sorprendiéndome a mi misma de lo
fácil que me resulta todo a tu lado.
Y decirnos adiós, pero sin que ninguno tengamos la intención
de movernos del sitio. Y vuelta a las miradas cómplices, y a las sonrisas
tontas y a quedarnos en silencio. Y
mientras voy quedando cada vez mas cerca de tu rostro, niego con la cabeza a la
vez que en mi conciencia retumba: sabes como va a acabar, pero no tienes
remedio y al final volverás a caer, con él siempre.
Y volver a rozar tus labios, y sentirme en casa.
El verde que nos envolvió guardará siempre el secreto de nuestra improvisada e inevitable felicidad en ese día soleado